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Marsilio Ficino saluda a Tommaso Valeri, médico sobresaliente.
He leído en Homero que un hombre de medicina vale lo que muchos otros hombres juntos, y ello con razón. En efecto, los textos sagrados de los hebreos enseñan que el poder de curar es un don de Dios más que una invención de los hombres: honra al médico, pues el Altísimo lo creó a causa de la necesidad. Además, los gentiles consideran dioses a los maestros de este arte. Han rendido honores divinos a Isis, Apolo y Esculapio, y también a los médicos sobresalientes; por ejemplo, dedicaron santuarios a Quirón, Macaón, Podalirio, Hipócrates y Hermágoras. Hipócrates lo confirma en su epístola a los abderitas cuando dice que la Medicina es un don de los dioses, que es gratuita y que jamás habría aceptado una recompensa por practicarla. También dice en una carta a Filemón: la Medicina está emparentada con la profecía porque Apolo, nuestro progenitor, es el padre de ambas artes, predice las enfermedades futuras y cura a los aquejados de una salud adversa. De ahí que se cuente que Pitágoras, Empédocles y Apolonio de Tiana curaban las enfermedades menos con hierbas que con cantos, y que los magos pensaban que había que curar el alma del enfermo con enseñanzas sagradas y oraciones antes que el cuerpo.
Es claro que un arte así es ejercido por inspiración divina, ya que ha sido recibido de los dioses. Y que el alma depende de Dios, y el cuerpo, del alma. ¿No consideraban los hebreos que el arcángel Rafael practicaba este arte? Y dejando de lado a los demás médicos: el mismo Cristo curaba a todos los afligidos y enfermos que le eran presentados como si fuera el doctor de la humanidad, y concedió el poder de curar a sus discípulos. Así, los reyes jamás desdeñaron el estudio y el ejercicio de este muy noble arte. Fue el caso de Sapor y Ginges, reyes de los medos; Sabid, rey de los árabes; Mithridates, rey de los persas; Hermes, rey de los egipcios, y Mesues, sobrino del rey de Damasco. Algunos opinan que Avicena era príncipe de Córdoba. Demócrito, Timeo de Locris, Platón y Aristóteles, filósofos ilustrísimos, y muchísimos otros filósofos conocidos escribieron acerca de tal arte.
Está dicho casi todo lo que una carta puede exponer acerca de lo noble que es la Medicina. Podemos ver cuán útil es en el hecho de que las artes que procuran la buena vida parecen de poca ayuda sin su asistencia. No podemos vivir bien si no estamos vivos. Además, en la brevísima duración de la vida, no puede lograrse gran cosa en una disciplina cualquiera sin una buena salud. Y no se puede alcanzar fácilmente un gran mérito entre los hombres o ante Dios salvo que vivamos larga y sobriamente. El celo en la Medicina brinda verdaderamente todas estas posibilidades. Pero en la práctica de este arte es necesaria la mayor devoción hacia Dios y caridad hacia los hombres, como Lucas el evangelista y los médicos divinos Cosme y Damián nos han enseñado con su ejemplo, pues Dios es el autor de todo bien y el médico legítimo es como un dios entre los hombres. El los devuelve de la muerte a la vida y por ello es venerado como Dios, incluso por reyes y sabios, cuando están enfermos.
Todos proclaman que un médico necesita agudeza, conocimiento y experiencia. Nadie duda que su decisión ha de ser seria y escrupulosa. Pero como dice Hipócrates a los abderitas, una vez que un caso ha sido deliberado a su debido tiempo, en ningún arte puede ser más perjudicial la demora que en éste. Ahora bien, según dice Galeno a Glaucón, no es menos peligroso sino aún más anticiparse e interferir con la naturaleza, pues muchas vidas se pierden cada día a causa de este error, es decir, por la presunción de los médicos que estorban o apresuran a la naturaleza. Es más fácil evitar caer en tal error para quien no tiene plena confianza en su habilidad. Hipócrates escribe a Demócrito que aunque él ya se encuentra en la vejez aún no ha alcanzado la meta final de la medicina. También dice Galeno que fue a los noventa años cuando por fin comprendió la naturaleza del pulso. Por encima de todo, el médico debe recordar que el autor de la salud es Dios, que la naturaleza es el instrumento de Dios para producir o conservar la salud y que el médico es el servidor de ambos, de modo que él no crea la fuerza, sino que prepara la materia y elimina los obstáculos para ello. Si quiere mover o fijar bruscamente la materia, hará mal con frecuencia ambas cosas e impedirá que la naturaleza lo haga bien. Pero oigamos a nuestro divino Platón cuando habla en el Timeo acerca de este tema según el pensamiento de los pitagóricos.
Verdaderamente, el mejor de todos los movimientos es el que nace por sí mismo de un modo natural, ya que es el más semejante al movimiento del alma y de todo. El causado por una acción exterior es ciertamente de un orden inferior. Y el peor movimiento es el que se produce cuando agentes externos mueven partes del cuerpo mientras yace y está en reposo. Así, de entre todas las maneras de purificar y poner en orden el cuerpo, el ejercicio gimnástico es la más saludable. A continuación viene el movimiento apacible del desplazamiento en barco o en otro medio de transporte. El tercer tipo de movimiento sólo es provechoso en un caso de extrema necesidad; bajo ninguna otra circunstancia debe someterse un hombre de mente sana a las purgas de los médicos que tienen la costumbre de usar drogas como medicinas laxantes. En efecto, las enfermedades no deben ser irritadas con drogas salvo que sean muy peligrosas, pues la constitución de todas las enfermedades es en cierto modo parecida a la naturaleza de los seres vivientes.
Ciertamente, la estructura de los seres vivos está limitada desde el comienzo mismo de su generación por una longitud determinada de tiempo. Todo el género vivo está sometido a ello, y cada ser contiene en su interior, desde su nacimiento, la duración de vida que tiene asignada salvo accidentes inevitables. Y en efecto, los triángulos, es decir, las cualidades proporcionales sostienen la fuerza vital que posee cada uno desde el comienzo, y se mantienen unidos sin interrupción con el propósito de la vida hasta un cierto plazo más allá del cual dicha vida no se prolonga para ninguno. Lo mismo que ocurre en la naturaleza se aplica a las enfermedades. Si alguien pretende acortarlas con drogas antes de que haya discurrido el tiempo fijado, las enfermedades pequeñas se volverán grandes y las poco frecuentes se harán muy habituales. Por consiguiente, las enfermedades deben ser tratadas y controladas prestando atención a la dieta en la medida que una persona tenga tiempo para ello, no vaya a ser que se agrave una enfermedad difícil y peligrosa con las drogas. Esto es lo que dice Platón.
El pueblo florentino se encomienda a menudo a nuestro Galileo porque él observa esta regla. También por este motivo yo alabo sobremanera a Lorenzo Martellini, un verdadero médico, e igualmente alabaría a Tommaso Valeri si no fuese porque le estoy escribiendo.
Adiós, y da mis mejores saludos a Antonio Benvieni, el buen naturalista. Girolamo Amazzi, nuestro muy encantador compañero en el estudio de la medicina y de la cítara, te saluda. De nuevo, adiós.
Traducción: Marc García.
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