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Marsilio Ficino saluda a Lorenzo de Medici, hombre magnánimo.
Salve mil veces, salvación mía después de Dios. Tan pronto como mi mano ha sido capaz de tomar una pluma, he considerado una impiedad escribir a otro antes de hacerlo a mi único patrón. Y bien, ¿sobre qué escribiré preferiblemente? Pues si se me permite, voy a escribirte ahora sobre cosas más serias de lo que acostumbro. Las viñas y el humilde tamarisco no siempre complacen. ¿Mas qué obstáculo hay que te lo impida en este momento, Marsilio? Puesto que aquél a quien estás a punto de escribir no sólo lo permite sino que, en verdad, hace tiempo que te lo pide en sus cartas.
Durante mi enfermedad, Lorenzo, nada afligía mi alma con más amargura que la memoria del tiempo gastado inútilmente, y no había nada que pudiese consolarme salvo el recuerdo de las cosas que había conocido, aunque he conocido poco. Porque el alma divina sólo disfruta, se nutre y fortalece con el alimento divino de la verdad. Con respecto a lo demás, el delirio de las tonterías efímeras no satisface al alma inmortal, la cual reclama lo eterno e inconmensurable por una inclinación natural. Te suplico pues por el Dios eterno, mi queridísimo patrón, que emplees sobria y sabiamente el preciosísimo momento de este tiempo, brevísimo como es, para que nunca hayas de arrepentirte inútilmente de tu prodigalidad y de una pérdida irreparable. El tiempo perdido hacía llorar a menudo a Teofrasto cuando tenía ochenta años. El tiempo perdido hacía suspirar intensamente al gran Cosme en mi presencia cuando tenía más de setenta años.
Te lo ruego, opón a las preocupaciones inútiles, los pasatiempos vacíos y las ocupaciones innecesarias aquel dicho de Sócrates: “Marchaos lejos de aquí, enemigos impíos, marchaos cuanto antes, ladrones de mi alma; que no sea obligado a alejarme de mí mismo”. Todo ello te sustrae de ti mismo paulatinamente y conduce a la cautividad al hombre noble, al hombre nacido para gobernar. Libérate, te lo pido, de esa miserable cautividad mientras puedes; pero sólo puedes hacerlo hoy. Sé hoy libre por primera vez. Créeme, no es sabio decir ‘viviré’. Mañana es demasiado tarde para vivir; vive hoy. Lo que te pido, Lorenzo, es fácil. Emplear justa y útilmente una hora de tiempo no es difícil. Usa rectamente una hora cada día, te lo ruego; alimenta la inteligencia con las artes liberales, y vive ese breve tiempo de manera fecunda para ti. El resto, si lo deseas, vívelo para otros, pues a menudo, como sabes, has de vivir para otros si quieres vivir para ti. Pero haz ambas cosas, por amor de Dios. ¿No has sido engendrado en primer lugar por Su amor y luego por el tuyo y el de tus prójimos? Y préstate en raras ocasiones, y sólo por un instante, a los juegos y las bromas, pues Dios te ha hecho para lo mayor, o mejor dicho, para lo más elevado; sé lo que digo. Esos falsos placeres se desvanecen tan rápidamente como el relámpago, de manera que se convierten en su opuesto en el mismo momento en que aparecen. Pero no me hagas más promesas para mañana; no prometas lo que no tienes ni sabes si tendrás. Si no es hasta mañana cuando comerás o beberás, amigo mío, ¿no te habrás muerto en tres días? Que se muera hoy ese mañana; que se muera, ante todo, para que no te mueras tú. Nada hay más falso que ese mañana que ha engañado a todos los hombres que ha producido la Tierra.
¡Ay! ¿Por qué hablas tan impertinentemente, Ficino? Mira, Lorenzo fruncirá el ceño o bien se reirá. Ambas cosas son malas. O mejor dicho, ambas son buenas. Conozco la inteligencia de los Medici, y de lo bueno nada que no sea bueno puede surgir. Ahora bien, con esta carta no advierto tanto a Lorenzo como a Marsilio y a los otros mortales. Todos padecemos, y muy gravemente, esta enfermedad del ‘Déjalo para mañana’. Apenas tenemos el tiempo presente, pues lo poseemos tan levemente que no tenemos la capacidad de retenerlo ni un instante. Mas el futuro no es nada, y por ello ninguno lo posee. ¡Oh dementes, oh miserables! Depositamos nuestra confianza en nada; derrochamos siempre el tesoro que poseemos, y en cambio queremos tener precisamente lo que no poseemos en absoluto. Estamos enfermos casi al punto de la muerte; así pues, no debemos rogar a Galeno o a Hipócrates sino más bien a Asclepios y a Apolo.
Adiós, salud para hoy. Si has de estar bien mañana, nunca lo estarás.
Pero quiero imprimir este sello en la presente carta: no prestes oídos a los aduladores ni escuches a los detractores que abundan en la más grande de las casas. Aquéllos intentan arrancarte los ojos de la inteligencia, y éstos, amputar tus manos, es decir, a tus amigos. Dios mismo destruirá finalmente la mentira, pero preservará la verdad. Confía sólo en Dios, Lorenzo; yo también confío en Dios.
De nuevo, salud para hoy. Adiós.
Traducción: Marc García.
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