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Marsilio Ficino saluda a Antonio Canigiani, un hombre erudito y sabio.
Me preguntas, Canigiani, porqué combino tan a menudo el estudio de la Medicina con el de la Música. ¿Qué tiene que ver, dices, el negocio de la farmacia con la cítara?
Puede que los astrónomos relacionen ambas, Canigiani, con una conjunción de Júpiter, Mercurio y Venus. Ellos consideran que la Medicina procede de Júpiter, y la Música, de Mercurio y Venus. Los platónicos, por su parte, las atribuyen a un mismo dios, Apolo, al que los antiguos teólogos consideraban como el inventor de la Medicina además del señor de la cítara pulsante. Orfeo, en su libro de himnos, afirma que con sus rayos vitales concede salud y vida a todos y aleja la enfermedad. Además, por medio de las cuerdas sonoras, esto es, a través de sus vibraciones y energías, templa todas las cosas: con la hypate, la cuerda más grave, el invierno; con la neate, la cuerda más aguda, el verano. Mediante las dóricas, es decir, las cuerdas intermedias, hace nacer la primavera y el otoño. Así, siendo uno mismo el patrón de la Música y el descubridor de la Medicina, no es nada sorprendente que ambas artes sean practicadas por un mismo hombre. A ello hay que añadir que el alma y el cuerpo están en armonía el uno con el otro por medio de una proporción natural, al igual que lo están las partes del alma y las partes del cuerpo entre sí. En verdad, los ciclos armónicos de las fiebres y la propia oscilación del pulso parecen imitar igualmente dicha armonía.
Como Platón y Aristóteles declaran y nosotros hemos experimentado a menudo, la música seria mantiene y restituye la armonía a las partes del alma. Por otra parte, la Medicina devuelve la armonía a las partes del cuerpo. Dado que el cuerpo y el alma se corresponden el uno con el otro, como ya hemos dicho, es posible cuidar a la vez de la armonía del cuerpo y del alma sin esfuerzo. De ahí que Quirón practicase ambas artes, y que el profeta David, según se dice de él, curase con su lira tanto el alma como el cuerpo del loco Saúl. Demócrito y Teofrasto sostenían justamente que se puede hacer lo mismo en el caso de otras enfermedades del cuerpo y del alma. Por otra parte, Pitágoras, Empédocles y el médico Asclepíades también lo demostraron. Pero no hay nada de qué maravillarse en ello pues el sonido y el canto nacen del pensamiento, el impulso de la fantasía y el deseo del corazón; y al agitar aquéllos el aire y modularlo, hacen vibrar el hálito aéreo del oyente, que es el vínculo entre el cuerpo y el alma. De este modo ponen fácilmente en movimiento a la fantasía, afectan al corazón y penetran en lo más recóndito de la mente. Ellos aquietan, y también mueven, los humores y los miembros del cuerpo. Esto mismo fue puesto de manifiesto por Timoteo cuando provocó el enfurecimiento del rey Alejandro por medio de sonidos y luego lo refrenó; por no hablar de los milagros de Pitágoras y Empédocles, quienes calmaban súbitamente la incontinencia, el miedo o el furor con una música seria. Ellos también estimulaban a las mentes perezosas de otros modos. Y están además las historias que se cuentan de Orfeo, Arión y Anfión.
Pero volvamos a nuestro tema. La primera música se produce en la razón, la segunda en la fantasía, y la tercera en el habla. De ahí surge el canto; de éste, el movimiento de los dedos; y del sonido de éstos, el movimiento de todo el cuerpo en forma de gimnasia o danza. De este modo vemos que la música del alma es transmitida gradualmente a todos los miembros del cuerpo. Es dicha música la que los oradores, los poetas, los pintores, los escultores y los arquitectos imitan en su obra. Así pues, habiendo una comunión tan grande entre la música del alma y la del cuerpo, ¿es sorprendente que el cuerpo y el alma puedan ser templados por el mismo hombre?
Finalmente, cualquiera que haya aprendido de los pitagóricos, de los platónicos, de Mercurio y de Aristoxeno que tanto el alma como el cuerpo universales y todos los seres vivientes se ajustan a una proporción musical, o quien haya recibido por las sagradas escrituras de los hebreos que Dios ha dispuesto todo en número, peso y medida, no se sorprenderá de que casi todos los seres vivos sean cautivados por la armonía, ni censurará a Pitágoras, Empédocles y Sócrates por tocar la cítara en su vejez. Más bien acusará a Temístocles, quien rechazó la lira que se le ofreció en un banquete, de ser un insensato. Nuestro Platón, que dice que las Musas inspiran la Música y que la Música se llama así por ellas, señaló en el diálogo Alcibíades que la Música concierne especialmente a los hombres de conocimiento que adoran a las Musas. No obstante, Platón rechaza las melodías lastimeras y ligeras porque conducen al quebranto de ánimo, la lascivia y el mal temperamento, y recomienda la música solemne y constante como la medicina más saludable para el espíritu, el alma y el cuerpo.
En lo que a mí respecta, para decir algo de tu amigo Marsilio, recurro a menudo al sonido solemne de la lira y al canto tras los estudios de Teología y Medicina para despreocuparme por completo de los demás placeres de los sentidos, expulsar las molestias del cuerpo y del alma, y elevar el pensamiento a lo más alto y a Dios con todas mis fuerzas. Lo hago con la autoridad de Mercurio y de Platón, quienes dicen que Dios nos concedió la música para dominar al cuerpo, templar el alma y rendirle alabanza. Sé que David y Pitágoras recomendaron esto por encima de todo lo demás, y creo que lo pusieron en práctica.
Adiós.
Traducción: Marc García.
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